Musicos al Cruzado
Exposición fotografica“Músicos al
cruzado”
El protagonista judío de la película “El Pianista”, de Roman
Polansky, no puede tocar el piano porque corre el riesgo de que los nazis le
escuchen y le detengan. No importa, él sigue interpretando sus piezas de Chopin
deslizando sus dedos por el aire a escasos centímetros de unas teclas que
suenan con majestuosidad en su cabeza y en la del espectador. Sus perseguidores
no le oyen, pero la música sigue estando ahí para él y quien quiera (o tenga)
la sensibilidad necesaria para escucharla. Escribía Antoine de Saint-Exupéry
en “El Principito” que lo esencial es invisible a los ojos... e inaudible añadiría
yo.
Es el caso en realidad de estos “músicos al cruzado” de la
industria discográfica, ajenos a sus mercadeos, cambalaches, dimes y diretes.
Curtidos en la música en directo, en pequeños locales unos, acompañando a
cantantes de moda otros, actuando en obras teatrales musicales de moda los más,
jóvenes esperanzados y antiguas estrellas, en otros casos, hastiadas de tanto
ejecutivo musical de tres al cuarto. Comprometidos con su mundo y apasionados de
la música todos ellos. Músicos siempre al margen de la corriente. Cuando hay
“vacas gordas” porque las discográficas les proponen charlotadas y acuerdos
leoninos, y cuando vienen las “flacas” porque se sufre la legendaria
“crisis de la piratería musical”, como si en el “top manta” encontrásemos
alguna vez discos interesantes de verdad, salvo accidente. (Tengo entendido que
la última vez que se encontró allí un buen cd se archivó en un expediente
x). Pero, amigos, la mafia pirata es como el empedrado: tiene la culpa de todo,
hasta de las muertes de Kennedy y de la madre de Bambi.
Vivimos tiempos de pensamiento único, tiempos en los que el periodismo
se identifica con... ¡Lidia Lozano!, tiempos de “Operación Triunfo” y toda
suerte de infames concursos, churrerías de sonrojantes cantantes clónicos,
saltarines intérpretes de melodías destinadas al consumo de tontolotes
felices. Malos tiempos, creo yo, para
el rock en España, suponiendo que alguna vez hayan soplado buenos vientos para el rock español.
Hay delfines en el zoo y en el mar. A los primeros, sus carceleros les
dan un pescadito como premio por acatar mansa y fielmente el show que les
imponen. Los segundos se tienen que buscar la vida en el mar para comer y no ser
comidos, lo que es más fatigoso y dificil, sin duda, y sin el abducido aplauso
de un público aborregado en las gradas, pero creo (y es el caso de estos músicos)
que es mejor y más reconfortante a la postre.
En la película de Polansky
un oficial nazi amante de la música es quien, finalmente y para su sorpresa,
oculta y salva al pianista del holocausto. Imagino que estos músicos siguen
albergando en su fuero interno la esperanza de que alguien, aunque sea un nazi,
les escuche y haga pública su música (yo al menos así se lo deseo, en mi último
esfuerzo antes de rendirme al lado oscuro de la fuerza, es decir, UPA Dance o el
retorno de Dinio). Pero sé que si esto no sucediera ellos seguirían escuchando
su música como el pianista judío. Claro, es normal, ya sabemos que estos
rockeros no son gente de fiar, sino unos subversivos ajenos a la moral, de baja
estofa y peor ralea que no cejan en su empeño de conspirar en las tinieblas con
sus instrumentos contra la sociedad bien pensante que acude a manifestaciones en
autocares fletados por obispos con el dinero de los demás. Unos atorrantes,
eminencia, porque ya dijo Thomas de Quincey que uno empieza por permitirse
cometer un asesinato de nada y termina faltando a misa.
Jose
Manuel Iglesias, una sombra marginal.
Fotografias:Pepe Diaz,Hélène Cisquel,D.Camuñas,P. Cereceda, M.Rico,L.Rico